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Películas de Fantasía, Ciencia Ficción y Horror

Solo los amantes sobreviven

La depresión del vampiro

Mike Elizalde

Talento orgullosamente mexicano

domingo, 31 de agosto de 2014

EL LIBRO DE PIEDRA (2009)

Julia (Evangelina Sosa), psicóloga infantil, que ha sufrido la pérdida de un hijo, es contratada por un millonario viudo (Plutarco Haza) para ayudar a la hija de éste, a superar la muerte de su madre y dejar de llenar ese espacio vacío con la fantasía de un amigo imaginario. Lo que en apariencia se trata de un inocente juego de niños deviene en una serie de eventos sobrenaturales relacionados con un antiguo libro de magia negra.

La versión original de El libro de piedra dirigida por Carlos Enrique Taboada en 1969; quien un año antes con Hasta el viento tiene miedo, refrescó el género de horror en México, gracias a un guión extraordinario, que contaba una historia de fantasmas sin recurrir a efectos visuales ni elaborados maquillajes; no desmereció a su antecesora, consiguiendo de nuevo, mantener interesado al espectador gracias a una narración en la que el suspenso va in crescendo hasta llegar a un desenlace que deja sin aliento. 

Por desgracia, no se puede decir lo mismo del remake realizado por Julio César Estrada, responsable de ese bodrio llamado Cañitas (2007), presunta historia real de una casa embrujada adaptada del libro homónimo del Carlos Trejo, cuya veracidad es por demás cuestionable. Esta “nueva” versión que de novedosa no tiene nada por tratarse del mismo guión sin ningún tipo de cambio, salvo el hecho de que la profesora ahora es una psicóloga (que por lo visto pasó de noche la universidad), resulta totalmente innecesaria. 

Si la historia es la misma ¿Cómo es posible que entonces sea tan mala? Todo es mérito de Julio César Estrada, quien no da pie con bola en la dirección de actores, a los cuales parece imposible pedir que se salgan del registro telenovelero al que están acostumbrados (sobre todo Ludwika Paleta). Las reacciones se pierden entre exclamaciones de todo tipo menos de horror, y la música solo contribuye a acrecentar esa sensación de estar ante un producto televisivo.

Qué decir del manejo de la steadycam (cámara al hombro), que convierte lo que tendría que ser un plano secuencia, en un plano extendido aburrido y carente de sentido. La psicóloga va y viene por la casa como si estuviera en un hotel de veraneo. 

Incapaz de superar sus propias limitaciones técnicas, Estrada también hace evidente que el lenguaje cinematográfico no es lo suyo, ya que en vez de recurrir, por ejemplo, a una elipsis para ahorrar al espectador conocer detalles intrascendentes, prefiere atiborrarlo de tomas que salen sobrando, provocando así, una constante pérdida de ritmo. Después de la primera mitad, no se ve una empatía entre la psicóloga y la niña, lazo sentimental que se supone debería estrecharse siendo que, ambas comparten el haber perdido a un ser querido. La relación entre los demás personajes es igual de endeble. La monotonía es tal, que solo resta esperar que suceda en los últimos minutos algo que nos despierte del letargo, pero ese algo es la gota que derrama el vaso porque en vez de provocar miedo da risa (y eso en el mejor de los casos).

Si tuviera que decir algo en favor de la película, tendría que resaltar la fotografía por encima de los demás rubros, sin embargo, tampoco estamos ante un trabajo equiparable al de Gabriel Figueroa o Emmanuel Lubezki, digamos que solo puede calificarse como aceptable.

Cintas como ésta, vienen a confirmar que el panorama actual de las producciones mexicanas de horror - salvo escasas excepciones-  se ve "más negro que la noche".



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EL CANÍBAL DE ROTEMBURGO (2006)


Película alemana inspirada en uno de los crímenes más espeluznantes y controversiales del siglo XXI, el caso de Armin Weimes mejor conocido como El caníbal de Rotemburgo, quien confesó haber asesinado a Bernd Jürgen Brandes, después de que éste respondiera a su anuncio publicado en un portal de Internet, en el que solicitaba conocer a un hombre que lo dejara comerlo vivo.

Una vez más, la realidad supera a la ficción. En 1991, Anthony Hopkins inmortalizó al Dr. Hannibal Lecter en El silencio de los inocentes, trayendo al mundo "civilizado" la figura del antropófago que, anteriormente en lo que a cinematografía se refiere, era mostrado la mayoría de las veces en sitios rurales, selváticos o como miembro de alguna sociedad primitiva. No cabe duda que Thomas Harris, padre literario del personaje, emprendió una investigación concienzuda para crear a uno de los asesinos más ilustres y - me atrevo a decir  - carismáticos, de la literatura y el séptimo arte. 

Por el contrario, El Caníbal de Rotemburgo, me parece una cinta que desperdicia un material que daba para mucho más que lo que cuenta en poco menos de hora y media de metraje. Con un realizador como David Fincher y un guionista como James Vanderbilt, tendríamos como resultado un filme de suspenso al nivel de Zodiaco (2007), sin embargo, en manos del director de videoclips Martin Weisz, el interés se ve reducido.


Y es que, la mayor falla de la película se encuentra en su argumento. Al inicio nos presentan a una estudiante (Keri Russell) quien para su tesis ha elegido estudiar el crimen acaecido cinco años atrás. Lo anterior hace suponer que el personaje femenino, será el encargado de narrar e intentar dar una explicación de los hechos a partir de una perspectiva psicológica. Pero no hay tal. Sus diálogos y acciones pasan desapercibidos ya que no aportan algo trascendente a la trama. En otras palabras, su presencia sale sobrando. 

Martin Weisz durante los primeros cuarenta minutos presenta una serie de flashbacks para contarnos la infancia y juventud de la víctima y el victimario (cuyos nombres fueron cambiados en la cinta). El primero, Simon, es un homosexual que ha vivido con sentimientos de culpa tras el fallecimiento de su madre. El segundo, Oliver, es un tipo reservado que mantuvo una relación casi edípica con la autora de sus días. En ambos casos, nada sirve para justificar que uno desee que lo corten en pedazos para ser comido y que el otro quiera probar la carne humana.



Para quien no haya escuchado nunca la noticia (algo extraño siendo que le dio la vuelta al mundo), vale la pena decir, que la película omite varios detalles importantes, los cuales son más aterradores que todo lo que se narra en la primera mitad. Por ejemplo: No se relata que Armin Weimes dijo a la policía haber tenido contacto vía Internet con dos personas que aseguraron practicar y recomendar el canibalismo; tampoco se habla de cómo a raíz de su captura dio inicio un fenómeno mediático en las redes sociales, que consistió en que aparecieran una serie de anuncios de gente que pedía se la comieran.Y  apenas se menciona con discreción que posiblemente haya 800 caníbales en Alemania. 

Los veinte minutos finales se apegan fielmente a los hechos que Weimes grabó en tres videos. Para aquellos espectadores con estomago débil o sensibilidad a flor de piel, hay que advertir que las escenas sin ser del todo explícitas, pueden ser perturbadoras. Mientras que para los amantes del cine gore de alto calibre quizá no cumpla con las expectativas.


Sobre las actuaciones de Thomas Kretschmann y Thomas Huber, en la medida de los parámetros normales cumplen. Kretschmann gracias al papel de caníbal ha ganado algunos premios en festivales fantásticos. 

En Alemania se prohibió el estreno de  El caníbal de Rotemburgo, no por razones de censura como muchos creen, sino porque Armin Weimes interpuso por medio de su abogado, una demanda argumentando que, se vulneraban sus derechos personales al presentar su vida como si fuera una película de horror. Pese a todo, podría filmarse un remake, toda vez que Weimes mientras cumple su condena, escribe un libro de su vida y ha recibido varias ofertas para llevarlo al cine.
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martes, 26 de agosto de 2014

CALLES DE FUEGO (1984)


Una multitud de jóvenes arrebatan las  calles de una ciudad iluminada por luces de neón. Su destino: el concierto magno de la estrella de rock Ellen Aim. Las primeras notas de Nowhere fast, rola ochentera interpretada por Fire Inc. dan pie a un inicio frenético, en dónde la bella cantante interpretada por una jovencísima Diane Lane, es en pleno concierto secuestrada por Raven (Willem Dafoe) instalado en papel de motociclista punketo- y su banda. 

Reva Cody toma la iniciativa y envía un aviso a su hermano Tom (Michael Paré) contándole lo sucedido. Tom Cody, quien en el pasado tuvo una relación amorosa con Ellen, regresa a casa y acepta el dinero que Billy Fish (Rick Moranis), representante y actual pareja de la fémina, le ofrece por rescatarla.

Uno de los mayores creadores de historias protagonizadas por antihéroes es sin duda, Walter Hill. Pandilleros, forajidos del oeste, peleadores callejeros, presidiarios y rudos policías, son solo algunos de los personajes comunes en la filmografía del director californiano. Los guerreros (1979) y 48 horas (1982) son dos de sus cintas más recordadas.

Calles de fuego, no podía ser la excepción. Considerada en términos generales como una película de acción, la cinta es un híbrido que combina el western urbano y el musical, dando como resultado - como decía el subtítulo- una fantasía de rock.



Walter Hill cuenta una historia sencilla con la ya clásica estructura “chico bueno rescata chica y vence al malo” apoyado en un diseño visual y una narración comparables a los de un comic. De hecho, la anécdota bien podría haber sido la adaptación de un número de la revista Heavy Metal. 

En medio de un escenario atemporal, aparece la figura de Tom Cody, un símil de “el hombre sin nombre” que en casi todos sus westerns interpretó Clint Eastwood. Un extraño de rostro impasible y actitud huraña, que llega al pueblo sin hacer ruido y de igual forma se va después de cumplir su misión.

Al personaje principal se unen en la búsqueda, Billy Fish por ser quien conoce mejor el barrio y McCoy (Amy Madigan), gatillera de aspecto hombruno que a cambio de un lugar en donde dormir y una parte de la recompensa, ofrece cuidar las espaldas de Tom.



El encuentro entre la pareja romántica, remite a Los Guerreros, en donde el personaje masculino se muestra indiferente ante los intentos de la chica por hacerse notar. Ellen trata de justificar el por qué ahora se mantiene al lado de Fish, pero le confiesa a Tom que está dispuesta a escapar con él. Tom Cody le aclara que lo único que le importa es recibir la recompensa. Si bien, el mercenario cede y permite que afloren sus sentimientos lo que trae como consecuencia un poético beso bajo la lluvia, en el mundo hilliano es poco probable esperar un desenlace convencional.

Y así como el muchacho bueno, no es tan bueno, el villano no es tan malo. Mientras el primero demuestra un evidente machismo, el segundo por momentos raya en la inocencia, como cuando al mantener cautiva a Ellen dice “Solo quiero que te enamores de mi, luego te dejaré libre”, cumpliendo su palabra de no tocarla (¡Una verdadera hazaña! Debo reiterar que Diane Lane luce fenomenal).

En Calles de fuego, la figura de la autoridad vuelve a ser opacada por la conducta anárquica de los antagonistas. Disgustado con Cody por haberle literalmente arrebatado a Ellen, Raven propone al jefe de policía que arregle un encuentro en donde Tom y él se enfrenten, asegurando que de aceptar nunca más le causará problemas. Haciendo caso omiso de las autoridades que le han pedido que se vaya de pueblo para no hacer el lío más grande, Cody se queda y acepta el reto. 



Uno de los máximos logros de la cinta es la forma en que integra la parte musical evitando el error de editar un video tras otro sin que haya relación alguna entre sí para contar una historia como el caso de Moonwalker (1988) o  con la intención de ocultar un guión paupérrimo como en Rocky IV (1985) por citar otro ejemplo.

Los temas musicales de Fire Inc. (la voz que se escucha en la cinta es la de Laurie Sargent, Diane Lane hace playback), Tom Petty y Dan Hartman, entre otros, aunados a una candidez fresona (no hay violencia desmedida, sexo explícito o un repertorio de palabras altisonantes) convierten a Calles de fuego en un referente no solo del cine ochentero sino a la luz del tiempo, en un recuerdo nostálgico de la época, esa en la que, entre anuncios luminosos de neón y ambiente discotequero podíamos besar a nuestra chica bajo una noche de lluvia..



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lunes, 25 de agosto de 2014

SANTO Y BLUE DEMON CONTRA LOS MONSTRUOS (1970)

Desde sus inicios la lucha libre causó un impacto fuera de serie en la sociedad mexicana. En un escenario encordado de seis por seis metros, los asistentes eran testigos de espectaculares batallas entre el bien y el mal, el primero representado por los técnicos y el segundo por los rudos. El furor causado por los gladiadores del ring, provocó que cada fin de semana las arenas se vieran abarrotadas, llegando a su punto más alto con las primeras transmisiones por televisión a principios de la década de los cincuenta. Como era lógico, los productores de cine voltearon la mirada hacia los nuevos ídolos, en quienes encontraron una verdadera mina de oro. Así nació el cine de luchadores, uno de los géneros más redituables en la historia del cine mexicano.


Las películas de luchadores, la mayoría de ellos enmascarados- el misterio es parte de la magia que envuelve al espectáculo- iniciaron como melodramas urbanos, en donde los protagonistas subían al cuadrilátero para ejercer una riesgosa profesión; tenían familia y sufrían las desventuras propias de su origen humilde. Posteriormente, las historias dieron una serie de giros convirtiendo al género en uno de los híbridos más insólitos vistos en la pantalla grande. Gracias en una muy significativa parte a la incursión en el cine del más grande ídolo del pancracio mexicano: El Santo, el enmascarado de plata. 


El Santo debutó como el héroe nacional que hacía falta en nuestro cine. Ya no era el luchador que se limitaba a enfrentar a contrincantes sobre el ring, también era un superhéroe que sin más poder que el de sus golpes, llaves y patadas voladoras, era buscado por la Interpol para acabar con organizaciones criminales, en otras palabras, una especie de James Bond tercermundista con carrazo incluido. Por si fuera poco, no conforme con enfrentar a todo tipo de mafiosos, era también requerido para impedir invasiones extraterrestres y amenazas de ultratumba.


Guiones plagados de errores, situaciones anacrónicas, ridículos diálogos y pobres efectos especiales se convirtieron en el sello particular de estas películas, que aun con todas sus fallas gozaron de una aceptación popular que, las convirtió en cintas de culto y objeto de estudio. Siendo la mayoría de ellas tan divertidas que, podrían definirse con la frase “Son tan malas que resultan buenas”. 


Es imposible resumir en un artículo la infinidad de películas protagonizadas por El Santo, ya que las filmaciones se realizaban en dos o tres semanas, dando como resultado el estreno de hasta cinco títulos por año. Es por ello que en esta ocasión me gustaría hablar de una de las cintas más emblemáticas del enmascarado de plata, una en donde encontramos presentes todas las características mencionadas anteriormente: Santo y Blue Demon contra los monstruos (1970).

Queridos lectores, antes de iniciar mi comentario de esta película debo aclararles o mejor dicho, confesarles que, dada la naturaleza de la misma, me es casi imposible realizar un análisis serio. Por fortuna, en el universo cinematográfico de los luchadores todo se vale. Prueba de ello es la presentación del elenco encabezado por El Santo y Blue Demon, quien más que compartir créditos, tiene como siempre una participación que lo reduce a ser una mera comparsa. Luego siguen los villanos caracterizados de forma tan deplorable que el hombre lobo parece un indigente, la momia, un accidentado prófugo de la cruz roja y el cíclope, una botarga robada de una película estadounidense de los años cuarenta. Sobresale únicamente la mujer vampiro ataviada con sexy atuendo, que hace muy rescatable el asunto.


Como es costumbre, la escena inicial nos sitúa en una arena en donde Blue Demon demuestra su talento para dar golpes a diestra y siniestra, ante la mirada impasible de El Santo, incapaz de mostrar alguna expresión de felicidad, horror, asombro, disgusto, etc. a lo largo de su extensa carrera.

Acto seguido, nos trasladan a un cementerio en donde en una escena incomprensible, cuatro sujetos introducen un féretro en un mausoleo para luego salir con la cara pintada de verde simulando que son zombies. Después, gracias a la lectura de un periódico y a una explicación simplona de los hechos, nos informan que el difunto era el doctor Hadler, científico que hacía experimentos para revivir a los muertos mediante un trasplante de cerebro. 

La hija del doctor Hadler por casualidades de la vida resulta ser novia de El Santo, quien preocupado le comenta a Blue que la muerte del doc lo tiene desconcertado. El demonio azul le aconseja que mejor se tome unas vacaciones. Por cierto, se agradece que la voz de ambos sea doblada y nos eviten escuchar sus voces reales.

La película dirigida por Gilberto Martínez Solares, cuenta con una serie de detalles tan disparatados que si hubiera un premio para la mejor cinta de humor involuntario, se lo llevaría con todos los merecimientos. En el exterior de un castillo gótico Santo pelea con zombies verdosos con música de fondo de spaguetti western. Como por arte de magia, los personajes brincan de un escenario a otro, alternándose el día y la noche en cada toma sin ninguna explicación. Demencial la aparición de los monstruos del título, primero Drácula, el único vampiro del cine, que en vez de volar va dando brinquitos, los ya mencionados cíclope, hombre lobo y momia, a quienes se une un graciosísimo Franquestain (escrito así) con bigote de Cantinflas. Los susodichos comienzan sus fechorías dejando un rastro de muertes sangrientas. Siendo así, una de las películas del género con más con contenido gore, claro, la comparación es con otros títulos similares.



Enfrentamientos de risa loca interrumpidos por números musicales de cabaret y otras barbaridades, hacen de Santo y Blue Demon contra los monstruos, un delicioso placer culposo.
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domingo, 24 de agosto de 2014

ESKALOFRÍO (2008)


Santi padece una extraña enfermedad, la cual provoca que su piel sea literalmente calcinada por la luz del sol y sus colmillos crezcan más de lo normal. La madre preocupada sabiendo que la deficiencia puede llevarlo a la muerte, decide que lo mejor es abandonar la ciudad. Es así como ambos se trasladan a un bosque en donde los rayos solares quedan ocultos tras los arboles, predominando la mayor parte del tiempo la oscuridad.

Su llegada coincide con el inicio de una serie de brutales asesinatos. Estar en el lugar y la hora equivocados, unido a su desconcertante aspecto y a una coartada poco convincente, convierte a Santi en el principal sospechoso, pero el joven está dispuesto a comprobar su inocencia y de paso resolver el enigma.

“De los productores de El Orfanato”, esa es la carta de presentación – o gancho comercial- de la película española dirigida por Isidro Ortiz. Mientras que El Orfanato (2007) sigue la línea impuesta por Alejandro Amenabar y Guillermo del Toro, cineastas que no apelan al recurso del susto por la vía fácil, Eskalofrío apuesta por un cine de horror que mezcla todos los sitios comunes y estereotipos de las cintas estadounidenses de los años 80, los experimentos del tipo El proyecto de la bruja de Blair (1999) y sobre todo de las recientes producciones orientales. Más de un fanático del llamado giallo italiano notará el parecido existente entre Eskalofrío y Phenomena (1985), película de terror sobrenatural dirigida por el Darío Argento, en donde una chica – una jovencísima Jennifer Connelly- con poderes telepáticos sigue la huella de un engendro homicida que ataca en un siniestro bosque.


El interés que en un principio genera un personaje con características vampíricas que lo condenan a vivir en la oscuridad, jugando del lado del bien y enfrentándose a una amenaza desconocida  -y no, no me refiero a Blade el cazador de vampiros- pronto disminuye, ya que el defecto físico que daba pie a exponer situaciones en donde el protagonista se viera en mayor riesgo, es desaprovechada casi por completo, convirtiéndose en un detalle de poca trascendencia.

Ante los hechos iniciales, la fuerza de la costumbre nos lleva a pensar que estamos ante una historia más de fantasmas buscando venganza, con niña azul de cabellos maltratados incluida (sí, la misma que hemos visto en La maldición, El aro y un largo etcétera).


A la mitad, una vuelta de tuerca deja a un lado el aspecto fantasioso, para explicar un caso de nota roja en donde, como sucede en El laberinto del Fauno (2006), los seres humanos pasan a ser los verdaderos monstruos, sin embargo el resultado es un tanto fallido, sobre todo por unos diálogos caricaturescos como “Nunca debieron haber venido, váyanse antes de que sea demasiado tarde”. Para el tramo final, la película se torna chacotera, la clásica historia de horror adolescente, con novia que se pone romántica en el momento menos indicado y amigo gracioso experto en el tema que ofrece su ayuda incondicional ¿Sería acaso un homenaje a Corey Feldman quien hace un papel similar en Los Muchachos Perdidos (1987)?

Una cinta donde las referencias al cine de horror ochentero y los guiños de ojo están a la orden del día o mejor dicho -en este caso- de la noche. Poco original pero entretenida.

miércoles, 20 de agosto de 2014

PEEPING TOM (1960)

Sin duda, existimos cinéfilos de distintas clases. Los que gustan de ver una cinta en la comodidad de su hogar, los que prefieren asistir a las salas cinematográficas y los que disfrutamos ambas actividades.

Sin embargo, hay una característica, que innegablemente compartimos y es el hecho de que a todos nos gusta mirar. Sí, los cinéfilos somos voyeuristas por naturaleza, dicho no necesariamente en el sentido sexual de la palabra.

Psicosis (1960) de Alfred Hitchcock, aborda el tema de una forma quizá no explícita pero si contundente. El maestro del suspenso nos introduce en la historia a través de la ventana de un hotel, invadiendo la intimidad entre Janet Leigh y Jean Gavin. Nos convierte en testigos secretos de una pasión que debe permanecer oculta entre dos personas. Posteriormente, hace su aparición Norman Bates, el psicópata que gusta de espiar a sus inquilinas a través de un orificio.

En la célebre escena de la regadera, es escalofriante observar a través de los ojos del asesino el violento ataque a la indefensa mujer. Sin embargo, también representa un placer culposo para el público, saber cómo culmina el homicidio. En esta parte Hitchcock nos envía un claro mensaje: Norman Bates no es el único al que le gusta mirar.

Con la maestría que lo caracterizaba, Hitchcock a través de la mirada de sus personajes consiguió que cada espectador materializara en la imaginación sus propios horrores. Como en la escena en que Vera Miles encuentra un álbum en el sótano de la casa y al abrirlo lanza un grito de pavor sin que nos sea revelado su contenido.

Durante mucho tiempo, Psicosis fue para mí, la cinta voyeurista por excelencia, hasta que tuve la oportunidad de ver Pepping Tom. La cinta dirigida por Michael Powell en 1960 fue víctima de los críticos, quienes la consideraron un sub-producto Clase B enfermo y bestial. Con el tiempo ha sido revalorizada por directores como Martin Scorsese y elevada a la categoría de película de culto.

Peeping Tom inicia con una toma subjetiva. Desde el principio el espectador y el protagonista se convierten en uno mismo. El lente de una cámara nos hace testigos y, al mismo tiempo cómplices de los crueles homicidios cometidos por un asesino obsesionado por filmar las expresiones de horror de sus víctimas.


Mark Lewis (Carl Boehm) es un joven camarógrafo que combina su trabajo en el cine, con el oficio de fotografiar chicas semidesnudas. Tras su imagen conservadora e introvertida, se esconde un ser atormentado por un secreto del que más tarde, solo su vecina Helen tendrá conocimiento. Mark, fue víctima de los experimentos de su padre, quien deseoso de registrar con la cámara las reacciones del sistema nervioso al miedo, cometió las peores aberraciones en su contra. Mark parece encontrar en Helen el objeto de su afecto, sin embargo es incapaz de frenar sus impulsos de matar a las mujeres que aparecen tras su lente utilizando su propia cámara como arma homicida.
Peeping Tom, no es solo una película de suspenso sino un tratado del cine dentro del cine, un análisis acerca de la pasión que produce el estar delante o detrás de una cámara. La cinta refleja también ese interés o preocupación que, en menor o mayor medida, provoca en cada uno de nosotros el mirar o sabernos observados. Es así que en la cinta desfilan: un protagonista traumatizado por haber crecido bajo la vigilancia enfermiza de su padre, una chica interesada en sus filmaciones, un comprador de fotografías eróticas, una modelo desfigurada contratada para solo mostrar su cuerpo, una mujer deseosa de ser filmada por Mark, un director de cine, e incluso una mujer ciega, quien irónicamente ha descubierto lo que los demás no han visto. 

Peeping Tom, es una obra retorcida y macabra que cuenta con una buena dosis de humor negro y una carga dramática aceptable. Para algunos espectadores – confieso que fue mi caso- pueden resultar desesperantes algunas escenas previas a los asesinatos, las cuales supongo que con el fin de provocar un miedo intenso se decidió alargarlas lo más posible. En mi opinión lo único reprochable.
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martes, 12 de agosto de 2014

LOS CUATRO FANTÁSTICOS (1994)

Si acostumbrara poner subtítulos a mis publicaciones, esta debería llevar el de “Los riesgos de comprar piratería”.

Un día alguien que no puede preciarse de ser un gran cinéfilo me dijo “Compré en pirata la película nueva de Los cuatro fantásticos y no está buena”. Por curiosidad se la pedí prestada porque aún no era estrenada en las salas de cine y vaya chasco que me llevé.

Me bastó con ver el primer crédito para darme cuenta de que no se trataba de la cinta protagonizada por Jessica Alba y Chris Evans. Los nombres de unos ilustres desconocidos iban apareciendo sobre un espacio sideral con factura de programa televisivo setentero. Al ver quien era el productor lo entendí todo. Nada más y nada menos que Roger Corman, el rey del cine de bajo presupuesto. Sobre este señor se pueden decir mil cosas, ya que ha estado ligado al celuloide desde hace más de medio siglo. Como director tuvo algunos títulos interesantes como La tiendita de los horrores (1960) cuyo mayor aporte fue el debut de un joven Jack Nicholson; también realizó varias adaptaciones de las obras de Edgar Allan Poe en las que se permitió una infinidad de libertades; pero fue su etapa como productor, la que lo convirtió en una máquina de hacer películas a destajo, teniendo hasta la fecha un record que luce insuperable. Y no es de extrañarse cuando se trata de filmes cuyo rodaje dura de dos a tres semanas.

Pues bien, Corman fiel a su costumbre temeraria de decirle que sí a cualquier proyecto por complicado que parezca, se involucró en esta adaptación paupérrima de los personajes marvelianos. Si la película dirigida por Tim Story en 2005 con presupuesto de 100 millones de dólares resultó un fiasco digno de olvidarse, ya podrán imaginarse lo chafa (cutre, dirían mis amigos españoles) de este bodrio que contó con menos de un millón. 

La trama intenta ser fiel al original, pero las pésimas actuaciones de un elenco en donde solo reconocí a un tal Jay Underwood -un actor frecuente en los video home de Disney, que aquí interpreta a Johnny Storm – no generan interés alguno. Lo que resulta más risible o molesto, según el humor del espectador, son los efectos visuales. La mole o masa, en vez de ser un coloso de roca se asemeja a un muñeco de plástico a gran escala, Johnny Storm con falso cabello rubio parece estilista, pero eso no es lo peor, se reemplazan los efectos digitales por dibujos animados para reducir costos, dando como resultado una patética caricatura voladora. La invisibilidad de Susan Storm como era de esperarse, en un alarde de “originalidad” (eso fue un sarcasmo) se resuelve simplemente poniendo su voz en off. En la competencia por ver que personaje es el más ridículo, la medalla de oro se la lleva Reed Richards. Los brazos que se presumen elásticos, son unas extensiones de alambre tembloroso. Con semejantes super poderes, las escenas de acción se resumen a una serie de torpezas de pena ajena. Absurda la parte en que Richards alarga la pierna para hacer caer a los esbirros del Dr. Doom.

Hay películas que de tan malas resultan buenas. Éste no es el caso.
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domingo, 10 de agosto de 2014

GUARDIANES DE LA GALAXIA (2014)

Por fin pude ver Guardianes de la galaxia, una de las películas que hace un tiempo mencioné podía ser uno de los blockbusters del verano con mejor recibimiento. La cinta en sí, no constituye ningún aporte al cine de superhéroes y mucho menos al de ciencia ficción, de hecho recurre a una fórmula ya comprobada. Cinco personajes que en apariencia son diferentes entre sí, compartiendo solamente el ser considerados unos perdedores, tienen que unirse casi a la fuerza para encontrar un artefacto que, de caer en manos de los malos, pondrá en riesgo a la galaxia. Lo demás ya es predecible. 

Estamos ante una película que, sin ser brillante funciona muy bien como entretenimiento palomero. El director James Gunn recurre a un aluvión de ideas que parecieran retomadas de Star Wars y Star Trek, por lo que en más de un sitio encontrarán inevitables comparaciones entre el personaje principal Lord Star y Han Solo, por citar solo un ejemplo. Sin embargo, hay que recordar que, si de originalidad se trata, tampoco se puede afirmar que las sagas antes mencionadas, sean totalmente innovadoras en lo que a argumento se refiere, ya que en buena medida se basan libremente en seriales de los años 30 como Buck Rogers y Flash Gordon.


Lo que diferencia a Guardianes de la galaxia de otros productos de la factoría Marvel, es el humor con el que se aborda la historia. Mientras que en Los vengadores, Spiderman, Thor, etc, se busca el momento propicio para decir o hacer algo gracioso, en Guardianes no hay espacio para la solemnidad. Cualquier asomo de dramatismo queda eclipsado por un comentario o gesto chusco. En ese sentido, todo el elenco está en la misma sinfonía y nadie se toma el asunto serio, lo que le viene muy bien a la cinta. Esa ligereza es la que conecta con el espectador.

Otra película a la que se asemeja por su carácter desenfadado y casi paródico es El quinto elemento (1997) de Luc Besson. Menos mal que aquí en vez de soportar al odioso Chris Tucker, tenemos al mapache Rocket, personaje que se cuece aparte gracias al doblaje de Bradley Cooper quien se lleva un 10. El que de plano aparece en los créditos como un mero capricho publicitario es Vin Diesel haciendo la voz de Groot, un árbol humanoide que no dice ni diez palabras, literal.

Un plus es la música, olvídense por un momento de Hans Zimmer y Danny Elfman, y déjense llevar por pegajosos éxitos setenteros como Hooked on a feeling.

Concluyo comentando que la película cuenta con la acostumbrada escena que aparece al terminar los créditos, pero ésta vez no es graciosa, ni revela nada trascendente. De hecho aparece un personaje de otra historieta que tuvo su propio filme en los años ochenta pero que pocos recuerdan.
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jueves, 7 de agosto de 2014

SUPERMAN (1978)

Es un pájaro, es un avión, no … ¡Es Superman!

En 1978 se estrenó la película que representó un parte aguas dentro del sub-genero de superhéroes. La epopeya fílmica que emocionó a millones de espectadores en todo el mundo, dando su justo lugar a uno de los iconos más reconocidos de la cultura pop.



Creado a finales de los años 30 por Jerry Siegel y Joe Shuster como una figura cuasi-religiosa, mitológica y patriotera, el hijo de Kriptón, se convirtió en manos de Richard Donner en la representación más fiel de la historieta publicada por DC Comics.

¿Para qué meterse en vericuetos y buscarle tres pies al gato a una anécdota ya por todos conocida? Lo importante, ya una vez acomodados en la butaca, no era ver el qué sino el cómo. Sabíamos que Kal-El, ante la inminente destrucción de su planeta sería enviado por sus padres biológicos a la tierra, pero queríamos saber cómo sería mostrado ese Kriptón y a nadie decepcionó. Las escenografías de John Barry (homónimo del compositor) nos transportan hasta a un mundo de cristal-hielo, que por razones obvias, nos permite entender por qué la fortaleza de Superman se encuentra en el Polo norte.

Al igual que en los comics, el color jugó un papel fundamental en la narrativa visual de la cinta. Desde la primera escena aparece Jor-El (Un Marlon Brando soberbio, para no variar), como símbolo de justicia, vistiendo un blanco casi celestial, mientras que los atuendos oscuros son propios del mal encarnado por el General Zod (Terence Stamp) y sus secuaces. Y entre esos colores neutrales, resalta el intenso azul y rojo de la tela, con la que Lara (Susannah York) envuelve a su hijo, figura alrededor de la cual, giran las acciones de una historia que, desde la secuencia de créditos con la música de fondo compuesta por John Williams,  promete ser épica.


El prólogo es sin duda excepcional, ya que conecta durante los tres minutos iniciales ésta primera parte, con lo que vendría a ser la secuela, cuando la mayoría de las películas optan por unir el final de una cinta con en el principio de la siguiente. Aciertos como éste o aquella explicación sobre cómo obtuvo Kal-el sus poderes mientras viaja a través de las galaxias, son obra de Mario Puzo. El también guionista de El padrino (1972), consigue lo que pocos guionistas del cine de superhéroes han logrado, trasladar la esencia fantástica de las historietas a la pantalla grande, sin aburrir a los espectadores con rebuscados y pretenciosos conceptos científicos.

Después vendrá la génesis del héroe, ese viaje iniciático de autoconocimiento, en el que Clark Kent descubre sus súper poderes poniéndolos en práctica en una serie de divertidas situaciones que echan a volar la imaginación del espectador ¿Quién no quisiera  ser capaz de surcar el cielo de su ciudad o tener una vista de rayos X?  Claro que, también está la parte sentimental, no utilizada como recurso lacrimógeno como en Man of Steel (2013), sino como medio para evidenciar que Clark Kent es tan humano como cualquier terrestre.



Con ese sentido del bien, la justicia y la moral, heredado por sus padres biológicos e inculcado por Jonathan y Martha Kent, Clark está listo para abandonar Smalville e iniciar la etapa adulta en Metrópolis, urbe cosmopolita en donde curiosamente se encuentran el Empire State y la Estatua de la Libertad, juego en el que colabora el espectador fingiendo no saber que realmente están en Nueva York.

A la luz de los años pareciera que, algunas de las hazañas de este hombre de acero se quedan cortas, ante la grandilocuencia de lo hecho por otros superhéroes del cine actual, sin embargo, en su defensa existe el argumento de que pese a haber sido filmada en 1978, la idea principal era mostrar al personaje y recrear las situaciones tal y como fueron pensadas cuatro décadas atrás en las páginas de Action Comics. Es así que,  Clark finge torpeza para pasar desapercibido, usa sombrero pasado de moda,  se cambia de ropa en cabinas telefónicas, emplea un lenguaje amistoso con los criminales, y recurre al romanticismo azucarado para conquistar a Luisa Lane. Christopher Reeve borda a la perfección el personaje; su porte transmite seguridad, su expresión facial nos llena de confianza y cada uno de sus movimientos corporales remite al comic; dejando en claro que, hace falta algo más que un traje con músculos marcados para ser Superman. 



Hay escenas sorprendentes como aquella que marca el encuentro entre Luisa y Clark ya en el rol de Superman. La reportera cae de un helicóptero siendo rescatada por el héroe en pleno vuelo, efecto visual que supera incluso las gráficas en computadora de muchas producciones actuales. No omito mencionar que la relación caballero andante-dama en peligro nos remite a aquellas películas clásicas, en las que por muy audaz que sea la fémina, siempre dependerá del personaje masculino para no caer en desgracia. En lo personal, la elección de Margot Kidder como Luisa Lane nunca me ha gustado, porque es evidente la diferencia de edad con respecto a Reeve, incluso me atrevería a decir que la actriz luce más grande de lo que era en realidad. Creo que es uno de los puntos en donde la cinta flaquea, más si recordamos esa escena en la que Luisa siendo una niña, observa desde la ventana de un tren a un Clark adolescente que corre a toda velocidad. 



El otro aspecto que no termina de convencerme es la elección de Lex Luthor. Gene Hackman pasaba por el mejor momento de su carrera y, de no ser por la presencia de Marlon Brando, seguramente, hubiera tenido el primer crédito. Sin embargo, Hackman luce más como un malo socarrón que como un enemigo de cuidado. Por su forma de vestir tiende a parecer más un vulgar ladrón que amasó una fortuna, que un magnate megalómano. El hubiera no existe, pero siempre he pensado que el candidato ideal para ser la némesis de Superman, era el actor Telly Savalas, quien unos años antes había interpretado a un villano memorable en Al servicio secreto de su majestad (1969), y cuyo físico coincidía a la perfección con el de ese personaje. En fin, al igual que en el caso de Luisa Lane, es cuestión de gustos.



Lo que es un hecho, es que Superman es una joya cinematográfica de la ciencia ficción, aventura y fantasía, cuyos logros técnicos y artísticos siguen provocando la admiración de las nuevas generaciones. Ni Henry Cavill con su atuendo renovado y mucho menos Brandon Routh (aun compartiendo un gran parecido con Christopher Reeve) pudieron sacudirse la sombra del fallecido actor ¿Habrá quién consiga hacerlo? 
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